Campeones 1954

Varias veces en la historia de la Universidad Católica se ha llegado al final del campeonato luchándolo palmo a palmo […]

Varias veces en la historia de la Universidad Católica se ha llegado al final del campeonato luchándolo palmo a palmo ante Colo-Colo. En 1954 se llegó a la última fecha con la UC puntera, un punto sobre el cacique y se dio la casualidad de que se enfrentaban en la última fecha. El marcador fue 0-0 y Los Cruzados bajaron su segunda estrella. 

Hoy en Frecuencia Cruzada les traemos el escrito de Antonino Vera para la revista Estadio refiriéndose a la hazaña estudiantil de aquel año, que, contra todo pronóstico, logró el título de campeón.

CONVENCE SU CAMPAÑA

Cuando el 25 de abril de 1954, bajo una lluvia persistente, entró a su cancha de Independencia el equipo de Universidad Católica para estrenarse en el campeonato con un triunfo sobre Unión Española, no podían intuir los jugadores el destino que les estaba señalado. Llegaban a la competencia con la ilusión de siempre y de todos, pero sin antecedentes especiales que permitieran suponer que allí estaba el campeón del año. Con respecto a su alineación del torneo anterior, la UC sólo ofrecía dos novedades, Juan Antonio Baum, a quien habíamos visto entonces en Green Cross, y Raimundo Infante, que regresaba después de un peregrinaje de dos años, repartidos entre Rouen, de Francia; Vasco, Caracas, Unión Española. Incluso, faltaban en la escuadra del estreno Roldan y Cisternas, figuras destacadas el 53. El zaguero no llegaba a acuerdo sobre las bases de su contrato, y el centro delantero anunciaba su retiro del fútbol, cuando aún no llegaba a ser una realidad. Es más, con formación muy semejante, la Católica había rematado en el octavo puesto en el certamen anterior, y, convenientemente reforzada, había realizado una gira por Sud y Centroamérica, con resultados que no daban para mirar con exagerado optimismo su gestión oficial en 1954. 

Entre ese 25 de abril y este 9 de enero, pasó mucha agua bajo los puentes. La tarde últimamente señalada, sesenta mil personas apretujadas en el Estadio Nacional asistieron al espectáculo imponente de una lucha nerviosa, viril, con perfiles de auténtico drama deportivo. Cuando el referee británico Harry Dykes clausuró con su pitazo largo el febril torneo profesional, la muchedumbre enmudeció un instante, con movida. Luego, noble y sentimental como es el pueblo nuestro, batió palmas por aquellos muchachos que en el centro de la cancha eran despojados de sus casacas, y que luego, a torso desnudo, hinchados los pechos sudo rosos de legítimo orgullo, daban la vuelta olímpica por la pista de atletismo recogiendo la ovación y el grito emocionado de ¡Campeones! con que los vitoreaban sus adictos.

Culminaba en ese paseo triunfal su campaña de ocho meses y dieciséis días en busca afanosa, limpia y digna de un laurel más para su enseña. Se ha dicho que Universidad Católica «apareció de la noche a la mañana» como presunto aspirante a la corona. Quién sabe qué pudo operar esa revelación tardía; porque, volviendo al curso del campeonato desde sus tramos iniciales hasta su culminación espectacular, encontramos que el conjunto estudiantil no fue un «convidado de piedra», un aparecido de última hora en la lucha final. Segundo de Wanderers al término de la primera rueda; puntero absoluto al fin de la segunda, y primero exclusivo también al llegar el domingo pasado al match decisivo, indican las clasificaciones parciales una regularidad que debió ser apreciada oportunamente. La Católica, para mayor abundamiento, no tuvo rachas, ni buenas ni malas. Perdió, como perdieron todos; pero no desapareció jamás del primer plano en el torneo, hasta el punto de que su clasificación transitoria más baja en todo el certamen fue de cuarto, cuando le faltaba un match por jugar —el Clásico Universitario—, con respecto a los demás competidores. 

Los antecedentes inmediatos que trajo al torneo —su clasificación en 1953 y esa gira al extranjero—, la juventud de su escuadra —promedio de 24 años— ; el jugar la mayor parte de sus partidos al tranquilo abrigo de su reducto de Independencia; la presencia de un Colo-Colo, campeón reforzado con respecto a su poderosa alineación anterior — Jaime Ramírez e Isaac Carrasco—, y de un Wanderers que en traba arrasando con la violencia de su viento playanchino, pueden haber sido las causas que hicieran ignorar el verdadero poderío del ágil, táctico y luchador team de la franja y de la cruz azul como pretendiente merito rio a obtener el título.

Recién hoy la gente repara en que debió pensar antes en la UC como posible campeón. Porque resulta que toda su campaña está llena de aspectos que iban señalando sus méritos. La Católica no tenía un cuadro de estrellas, un conjunto cuyo poderío debía fundamentar se en determinados valores. Poseía un equipo en la acepción justa del término. Todos para uno, y uno para todos. Equipo armado de los elementos precisos para cumplir grandes hazañas. Joven, disciplinado, profesionalmente responsable, deportivamente imbuido de la mística que proporcionan los colores que se llevaron toda la vida. Conjunto que tuvo la preparación física adecuada para resistir sin mengua 33 fechas de campeonato, y la orientación táctica para volver a tiempo sobre la línea exacta, cuando ésta se había extraviado. Ni subestimó las posibilidades que tenía, ni las sobre estimó. La moderación de las exigencias que tuvo encima le permitió jugar tranquilo. La regularidad que fue reflejándose en el cómputo lo hizo actuar siempre con moral indispensable para afrontar los más difíciles compromisos y sobreponerse a las lógicas contingencias de ellos. Otros perdieron y ganaron el campeonato muchas veces; la Católica lo ganó una sola, la que valía.

“Se ha insistido mucho en la suerte» que acompañó a la es cuadra universitaria en su marcha hacia el título. No hay campeón sin ese factor de su parte, pero acontece que la UC tuvo, al igual que todos, instantes cruciales en su campaña. La lista de sus lesionados no es menor ni menos importante que la que pueden exhibir los otros trece participantes. Baste con recordar que a su debido turno faltaron Livingstone, Roldan, Vásquez, Sánchez, Cisternas, Jara, Baum, y otros, sólo que la UC tenía plantel para responder a esas circunstancias críticas. De cada encrucijada en que la puso el destino, salió pujante y repuesta. Wanderers goleó dos veces al campeón con proporciones suficientes para apabullar, para derrumbar al más sólido, al mejor armado. De cada una de esas goleadas se repuso en siete días, sin que ellas dejaran huellas en el ánimo de los campeones. Debe recordarse también la dignidad con que afrontó aquellas se veras pruebas; jamás hubo un exceso, una desviación de las normas de rectitud, de deportividad que fue su línea.

En muchos partidos tuvo también alternativas que pudieron destrozar a otro equipo con menos temple. Rara vez la Católica jugó con el desahogo de ventajas tempranas en el score. Por lo general, luchó de atrás; contra el tiempo, que es el peor enemigo del que va perdiendo. En esos instantes exhibió todo su pundonor de equipo valiente. Iberia lo tuvo ganado, lo mismo que Green Cross y Magallanes. Palestino le empató en los últimos minutos con un autogol. Siempre a fuerza de coraje, de esas levantadas propias de los organismos bien constituidos, torció la suerte y ganó puntos valiosos para el haber final.

Si fuera necesario sintetizar en una expresión la jornada cumplida por el campeón de 1954, diríamos que hizo una «campaña valiente». Con menos equipo —en el papel— que muchos, contra imponderables muy propios del fútbol, pero que sellan muchos destinos. Con todas las reticencias del ambiente, que no vio en él al campeón, sino hasta muy avanzado el certamen, la Católica debió hacer acopio de todas sus vastas reservas morales para encumbrarse a la cima.

Para nuestro gusto, resulta este título de 1954, incluso, más meritorio que el que ya conquistara la U. hace cinco años, porque aquel del 49 fue un título prefabricado, se hizo entonces un equipo impuesto por la necesidad de ganar un campeonato. El que acaba de conquistar ahora se nos antoja «más de la Católica» que aquel otro, en cuya consecución pesó decididamente el factor individual. Este título de 1954 no es el triunfo de un hombre, sino de un equipo y de una causa. La misma incertidumbre mantenida hasta el último minuto del campeonato le da un sabor y un color especial a la exitosa campaña.

*Rescatado de http://www.memoriachilena.gob.cl/

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